martes, 25 de febrero de 2014

Letanía contra el miedo

Mi mujer y mi hija, hechas una todavía. Por poco tiempo, si no hay incidentes.

Tengo un poco de miedo. Me acuesto cada noche como si hubiese pasado un millar de horas desde la noche anterior. Hago la ronda, en pijama, comprobando luces, enchufes, puertas. Como siempre lo he hecho, en semioscuridad. Manías.

Duermo solo, porque ella tiene el sueño falso, líquido. Y mi hija no ayuda. Yo le llamo bailarina. Es alucinante cuánto puede moverse, retorcerse, estirarse, bailar en el vientre. El caso es que duermo en la futura habitación de mi hija, solo. En parte, está bien, porque lo echaba de menos desde que me casé. Dormir solo es un privilegio, en cierto punto. Vuelvo a tener un pequeño espacio de tiempo y silencio, sin el sempiterno televisor la acuna a ella y me irrita a mí. Y pienso.

Pienso que, por muchas horas que crea que pasan de una madrugada a la siguiente, faltan pocas para que pueda verla. Muy pocas. Me duermo, pero casi cada noche me despierto en una duermevela pegajosa, y mi primer pensamiento es: "padre". Y me da un pequeño vuelco el corazón. Pienso en mi pequeña bailarina, y el futuro, que engañosamente creía claro como un oráculo certero, se vuelve nebuloso, pero esperanzador. Temible y arbitrario, y en mi cabeza pueril e inocente, me veo como un Atreides que ha perdido la presciencia, cegado por vientos arenosos con aroma de canela. No puedo evitarlo, tengo referencias para todo. Tontas e infantiles, pero que me quitan un poco el miedo al futuro. Sólo espero que todo salga bien, y lo que me toque hacer, hacerlo bien.

¿Lo dejamos por hoy? Dentro de nada llegará mi pequeña reina del baile, y quiero verla danzar un poco.